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Serendipia 9 · Muero en Cádiz

Cádiz

La tacita mía, en tu retiro mis alegrías.

Fuego del sur y de franceses.

Quemé mis naves.

Subí tus puentes.

Y del coraje, llagas en mano.

Por tu trabajo.

Puente del sur a san Fernando,

las gaditanas nacen bailando.

El sol se duerme en el infinito,

y el mar arrecia un vaporcito.

Entre mis manos, su arena fina cae a granitos.

Arrecía yo, por tu poniente.

¿Y el mar que esconde?

También me mece.

Y entra mis sienes.

La tierra mía.

Que en sus lugares,

la bella Cádiz,

vive dormida.

¡Hola! ¿llegaste aquí por casualidad o buscando otra cosa? Eso es una serendipia. Espero que te enamores y que nos sigamos encontrando. Hoy quiero hablar de Cádiz, mi ciudad natal.

Nací en San Fernando (Cádiz), soy cañaílla y hablar de Cádiz e intentar definirla en 1000 palabras no es fácil, por el sentimiento que me despierta. Cádiz, para mí, es casa, seguridad y experiencia. Cuando me entra miedo o siento inseguridad, Cádiz es mi refugio infranqueable. Cádiz para mí es mucho más que la costa de la luz, y a su vez es luz cegadora y mares infinitos, no es tan solo un lugar, es una experiencia que se vive en cada latido, en cada respiración, en cada atardecer, en cada puesta de sol dorada que se funde con el horizonte. Aquí, la vida transcurre con un ritmo diferente, eso es por todos sabido, por lo que no está hecha para todo el mundo, la vida aquí es calma y sosiego, marcado por el murmullo de las olas y el susurro del levante o poniente entre las dunas. “Morir en Cádiz” es, en muchos sentidos, un trato con la naturaleza y con uno mismo.

Cádiz me ha enseñado a estar sola y a que es verdad ese refrán de que <<no se es profeta en tu tierra>>. Aquí las oportunidades están más limitadas y el acceso al trabajo especializado es muy difícil. A pesar de ello, para mi Cádiz es perseverancia y tesón, coraje y voluntad, ya que ella continúa reinventándose constantemente, y con ella los gaditanos.  Cádiz es el lugar donde he crecido, donde he aprendido a ser familia, hermana y amiga, donde he desarrollado mi trabajo a pesar de las dificultades. En Cádiz es donde está mi casa, mi familia, donde mis perritos han crecido y se ha hecho viejitos, Cádiz es mi bahía, donde he podido disfrutar de las experiencias más importantes de mi vida, en sus pueblos y sus ciudades. Yo descubrí quien era aquí, en mis rutinas y batallas, experiencias que llevo conmigo como grandes aprendizajes de vida.

Cádiz es dual, es una tierra de riquezas y pobrezas, es una tierra milenaria, es una tacita de plata que brilla como el oro y a la que no le faltan novios, pero muy pocos quieren casarse con ella realmente. Así es Cádiz, una tierra fértil con una luz especial. Una tierra donde el arte, la alegría y la gracia rebosa por los cuatro costados. En sus pueblos, hay algo en la forma en que el sol baña las casas encaladas, en cómo juega con las sombras en las calles estrechas, que hace que todo parezca más vivo, más vibrante.

Al amanecer, la bruma marinera se levanta lentamente, revelando una playa desierta que parece pertenecer a otro mundo. Caminar por la orilla a esa hora, cuando el sol comienza a asomarse tímidamente, es como caminar por el cielo. Los pies se hunden en la arena húmeda, dejando huellas que pronto serán borradas por el ir y venir de las olas y así es como aprendes de lo efímero de la vida. Este es un momento de soledad compartida con el mar donde se siente más consciente la propia existencia, donde se es más consciente de nuestra pequeñez ante la inmensidad del océano.

Cuando llega el verano, Cádiz puede presumir de temperaturas más tenues que el resto de las provincias andaluzas. Mucha gente de otras poblaciones, como Sevilla o Madrid bajan a deleitarse en sus playas, sus pueblos, sus gentes y su gastronomía, a vivir su magia.

Cuando se hace de noche, Cádiz es preciosa desde la playa. Las tardes-noches se llenan de una calidez que no es solo afecta a nivel físico, sino también influye a nivel emocional. Los colores del cielo al atardecer, una paleta de rojos, naranjas y púrpuras, son un espectáculo que nunca deja de sorprender, no importa cuántas veces se haya presenciado, siempre es un momento único y bello que vivir. Es un recordatorio constante de la belleza fugaz de la vida.

Pero la vida en Cádiz no es solo contemplación. Es también acción, movimiento y conexión. Los pescadores que regresan al puerto con sus redes llenas de historias, las familias reunidas, los niños que corretean por la playa, los surfistas que desafían las olas, todos ellos forman parte de un cuadro vivo y cambiante, de su vida. Hay una sensación de comunidad, de pertenencia, que se respira en el aire. Aquí, la gente vive de cara al mar, con la certeza de que el océano es tanto un amigo como un enemigo. Los días de levante, cuando el viento sopla con fuerza y el mar se pica, nos recuerda su inmensidad, que es salvaje y poderoso, que es un espectáculo de la naturaleza y tiene su propia magia. Deja una energía en el aire que despierta los sentidos y agita el alma. En Cádiz el mar es protagonista, su presencia es constante y envolvente. Escuchar su rumor al pasear, sentir su brisa en la piel, ver su horizonte infinito, todo ello conforma una experiencia sensorial única que toca lo más profundo del ser. “Morir en Cádiz” es dejarse llevar por su vaivén, aprender a sincronizar el ritmo propio con el del mar y encontrar en su inmensidad una especie de confianza, calma, paz y reconciliación

“Morir en Cádiz” también significa aceptar la dualidad del tiempo. Por un lado, está el tiempo presente, el aquí y ahora que se vive con intensidad, con sus playas, restaurantes o bares y sus parques llenos de vegetación donde sentarse o tumbarse a leer un libro. Encontrando siempre nuevos rincones donde disfrutar de la naturaleza o de sus pueblos. Por otro, está el tiempo histórico, las huellas de un pasado que se siente en cada rincón, en cada piedra. Las ruinas de castillos y torres vigías, los restos de antiguas civilizaciones, son testigos mudos de una historia rica y compleja. Hay una conexión profunda con el pasado, una sensación de continuidad que da perspectiva y profundidad a la vida cotidiana.

Muero en Cái. Y es que me quedo corta si digo que Cádiz es risas, flamenco, “pescaito” frito, erizos, cangrejos moros y “carnavá”, mucho carnaval y mucho arte. Para mí morir en Cádiz es un ejercicio de contemplación y presencia, es vivir en un mundo cambiante que permanece fiel a su esencia. Es un recordatorio constante de la belleza y fragilidad de la vida, una invitación a disfrutar de los pequeños momentos y a encontrar en ellos un sentido de plenitud, de belleza infinita.

Lola Maestra

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