El océano
Yo apago mis incendios en ti.
Me zambullo en ti mientras haces girones con mi pelo,
con mi cuerpo.
Haces que la cicatriz escueza,
que no olvide la tristeza,
aunque hayas conseguido que se vaya a otro mundo donde tú no existes.
Tu apagas mis incendios.
Y no sabes cómo me siento,
pero me siento a contemplar tu grandeza sabiendo que tu inmensidad me da miedo y detiene mis pulsos
Cuando llega el verano y no tengo grandes planes para él, aun siendo la estación más cálida y vibrante del año, me doy cuenta de la necesidad de esta estación por su conexión con la naturaleza, ya que tiene una magia innegable y despierta nuestros sentidos y nos invita a redescubrir la conexión íntima con la naturaleza. Mi mejor plan es pasar este periodo en el pueblo y poco a poco se va deshaciendo entre mis dedos, voy dándole forma y lo que parecía que iba a ser aburrido se convierte en una etapa de experiencias y contacto con la naturaleza. En estos meses, cuando el sol se posa más cerca y el mundo parece vibrar con una energía renovada, encontramos un espacio para el romance, no solo con otros, sino con el entorno que nos rodea.
Durante el periodo vacacional, que suelo pasar en el pueblo, la luz del sol me despierta y me recuerda cuando terminábamos las tardes con charlas en la puerta, usando sillas y mesas de playa, parchís y dominós. Esto hace del verano, una experiencia maravillosa llenas de charlas, juegos de cartas y noches refrescantes al aire libre. Entonces es cuando comienza el verano. En las mañanas, al abrir los ojos, es imposible no sentir una ola de gratitud por la claridad y el brillo que se filtra a través de las ventanas. Los rayos del sol juegan con las hojas de los árboles y crean sombras danzantes en el suelo, es un espectáculo que nunca pierde su encanto. Esta danza de luces y sombras es una metáfora perfecta de los matices de la vida, recordándonos la belleza de los momentos efímeros y la importancia de disfrutar el presente.
Y es que es ahí donde más me gusta vivir, en el presente y la meditación es la mejor forma para anclarnos a él. Los días de verano se alargan, ofreciéndonos más horas para perderse en la naturaleza. No sé cuáles son vuestros planes en esta época estival pero los míos generalmente son caminar descalza por la playa y meditar mientras camino, sintiendo la frescura de la tierra bajo mis pies, lo que me conecta de manera profunda con el mundo natural. El suelo, cálido y vivo, me transmite una sensación de pertenencia. Es en estos momentos de simplicidad, cuando dejo de lado las prisas y las preocupaciones cotidianas, y siento un romance con la tierra que nos sostiene.
El ozote del mar y el canto de los pájaros son melodías que nos envuelven y nos susurran al oído. No sé vosotros, pero yo amo esta época del año y me encanta programar actividades que me lleven a verme sentada junto a un arroyo, observando el flujo constante del agua y escuchar el susurro suave de la corriente. Estos sonidos, tan sutiles y armoniosos, tienen un poder terapéutico que calma nuestra mente y el corazón. Es en la simplicidad de estos momentos donde encontramos una profunda conexión, un diálogo silencioso con el entorno que nos llena de paz y nos recuerda la belleza de lo esencial.
Las noches de verano tienen su propia magia, y observando el cielo podemos sentir la inmensidad del universo abrazándonos, el stop del tiempo por unos instantes. Estas noches nos ofrecen estrellas, brillando en la oscuridad, y nos cuentan historias de amor y misterio. Es fácil perderse en la enormidad del cielo y sentir un asombro casi infantil ante su inmensidad. Este sentimiento de pequeñez frente al universo, paradójicamente, nos hace sentir más conectados con todo lo que nos rodea. Es como si las estrellas, en su distancia infinita, nos susurraran al oído la importancia de cada pequeño momento y de cada uno de nosotros como ser vivo.
El verano también nos regala los aromas de la naturaleza en su máxima expresión. El perfume de las flores como el jazmín, el olor del mar, la frescura de la hierba recién cortada, son fragancias que nos transportan a un estado de felicidad pura. Estos aromas, tan evocadores, que tienen el poder de despertar recuerdos y emociones profundas.
Para mí el verano es mucho más que una estación, nos cuenta una historia, nos recuerda momentos pasados y nos invita a crear nuevos recuerdos bellos y de gran significado, pero además nos ayuda a redescubrir y celebrar nuestra conexión con la naturaleza. Es un tiempo para ralentizar el paso, para respirar profundamente y sentir cada instante con intensidad. El verano nos recuerda que, al final del día, somos parte de este hermoso y complejo mundo, nos para las prisas, nos detiene el pulso, y en esa conexión donde encontramos nuestro verdadero hogar y nuestra razón de ser.
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